domingo, 1 de mayo de 2016

Fortaleza, Brasil


Segundo destino: Fortaleza (Brasil).
Hoy es domingo 10 de abril. Atrás hemos dejado cinco días en los que hemos podido disfrutar de un descanso más que merecido.
La ciudad de fortaleza no tiene mucho que ver, por no decir nada, pero es una ciudad de contrastes en la que pude ver cosas que me parecían inimaginables.
Lo primero que te llama la atención es como se levantan imponentes rascacielos en una larga fila pegados a la costa y como, de repente, aparecen una serie de construcciones pobres conocidas como favelas. En ellas ves a la gente famélica tirada en las calles, donde percibes personas en sillas de ruedas por medio de la carretera, coches y camiones de los años 60 y casas sin ventanas ni puertas.
Esto es un claro ejemplo de que en un país como Brasil no existe un solo estado social sino que hay una diferencia de clases tremenda.
Otro problema de fortaleza es la seguridad. De hecho, es considerada la séptima ciudad más peligrosa del mundo, algo que puede observarse en infinidad de detalles. Por ejemplo, las lunas y cristales de los coches y camiones son todas tintadas para evitar que se vea el número de personas que van en el coche. Otra medida de seguridad está en las casas, todas tienen en sus muros tres medidas de seguridad: la primera son trozos de cristal o cuchillas apuntando hacia arriba, la segunda son trozoz de alambre de espino como si de una frontera se tratase y la última es una valla electrificada. En definitiva, resulta casi infranqueable.
Observando la ciudad puedes darte cuenta de la corrupción que hay. Es curioso apreciar como hay construidas nuevas y modernas vías de tren que acaban en el inicio de una favela y que, por tanto, han sido construidas para no poder ser usadas nunca. Otro ejemplo son las casa y edificios que son construidos donde a uno le plazca (siempre, claro está, aflojando un poco “la panoja” al gobernador de turno), ya sea en medio de lo que en cualquier parte de España sería un parque natural o a escasísimos metros de la playa.
Un país curioso, que hace que uno se dé cuenta lo afortunados que somos de vivir en un país que tiene mucho que mejorar, pero que tiene muchas cosas buenas. Un país en el que al menos uno puede pasear tranquilamente por la calle, sin miedo a que te desmantelen.
Quiero, antes de acabar esta redacción, despedir a quien fuera el párroco de mi pueblo, Ruiloba, durante más de 40 años. Aquel párroco que bautizo a tres generaciones de tolanos (título que reciben los nacidos en Ruiloba). Aquel párroco enamorado de su pueblo, de su gente, de su oficio.
Don José Antonio Zúñiga, acabas de despedir a tu pueblo. Un pueblo al que adoraste, del que como solías decir “aprendiste grandes lecciones”. Un pueblo humilde y sabio, con el cual dices adiós a su gente. Ancianos junto a los que naciste, corriste, jugaste... Mayores a los que bautizaste, a los que viste crecer, crear familia.... Jóvenes a los que nos bautizaste, a los que nos hiciste aprender de tu sabiduría, a los que tanto aprecio nos tenías.... Y niños. Esos “venerables” como tú decías, a los que algunos llegaste a bautizar y que seguramente no te recuerden, pero a los que nos encargaremos de contar quién fuiste.
Fuiste, ante todo, un hombre. Con sus aciertos, con sus equivocaciones, con sus enfados, con sus alegrías, con sus pasiones… Sí pasión. Esa que le tenías a la Santísima Virgen de los Remedios, Reina y Madre de Ruiloba. Yo te vi llorar ante ella, como si ante una madre lloraras. Yo te vi y escuché cantarla, como si de una novia se tratase. Yo te vi seguirla en procesión, como si fuera una meta. Yo te vi defenderla, como si se tratase de lo que verdaderamente era para ti: EL AMOR DE TU VIDA.
Gracias Maestro por todo. Vete en paz pues tu misión aquí, en la tierra, la has cumplido y con creces. Hasta pronto amigo.
Sin más, Servicio Sacrificio y buena proa.

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